miércoles, setiembre 09, 2009

Qué es y para qué sirve el dinero


“... No todo es oro lo que brilla.”
Dicho favorito de mi padre

“Money makes the world turn around, the world turn around...”
Estribillo de la canción de la película 'Cabaret'

La palabra dinero, generalizada por los trovadores de la
Edad Media, deriva de la palabra denarius, que era una
moneda de plata equivalente a 10 ases que se usaba con
anterioridad en la ciudad de Roma, en Italia.

Asimismo, según algunos autores, la palabra moneda
deriva del verbo latino moneo, que significa advertir. La
moneda, por lo tanto, advierte su valor y lo que se puede
conseguir con ella.

No está claro en su origen histórico si el dinero fue
creado espontáneamente en la transición desde el trueque
al intercambio monetario, o fue inventado bajo la presión
de las fuerzas del mercado, para flexibilizar las
transacciones comerciales. Antes de inventarse un medio
circulante, se requería una plena conjunción de intereses entre un vendedor y un comprador, para el intercambio de bienes y servicios, mientras que después de la existencia del dinero no necesariamente el comprador debía tener un bien intercambiable de valor equivalente y de interés para el vendedor.

Con el dinero recibido, producto de la venta, el
vendedor podía conseguir luego el bien necesitado con
alguien que tuviera dicho bien disponible a la venta.

¡Si el dinero fue un invento, es uno de los
más extraordinarios!

Para algunos historiadores, en el origen existió la
armonía dentro de las economías tribales, regidas por leyes
claras y comprensibles para todos. Luego, con la invención
del dinero provino el caos, la abstracción total de su
significado, la acumulación privada, la explotación de unos
por otros y la pérdida de la transparencia en las relaciones
de intercambio. De lo que no cabe duda es que nosotros
hemos creado el dinero y reproducimos, extendemos y
consagramos su uso día a día.

Desde que se echó a girar la rueda del dinero, no ha
cesado la polémica en torno a él, sus consideraciones
morales, su impacto en las personas, su influencia en las
relaciones interpersonales, o sus efectos integradores en la
economía.

De lo que tampoco cabe ninguna duda es que el
complejo mundo de hoy es impensable sin un medio
circulante, y se duda que sin él la economía de los países
hubiese alcanzado el actual desarrollo.

Como producto propio de una sociedad mercantil, el
dinero, siempre es de propiedad de alguien. Como materia
inconsistente ha de satisfacerse a sí mismo apuntando hacia
algo que está fuera de él. Si el dinero tuviera vida propia, podríamos describirlo como un animal en búsqueda constante de dueño y de objetos o servicios en los cuales metamorfosearse, al acecho de un propietario y de un sentido en la vida.
Pero el dinero no tiene esa vida; quien la tiene es su poseedor, y es él, en definitiva, quien debe buscar un sentido para su dinero.


El dinero puede ser definido en forma simple como un
medio simbólico de valor que permite facilitar el
intercambio de bienes y servicios. Pero en realidad es
mucho más que eso. Como dice Martín Hopenhayn en un
ensayo sobre el dinero: El dinero es una especie de
ninguna cosa capaz de convertirse en cualquier cosa.

El valor del dinero es mucho mayor de lo que está
escrito en un billete o en una moneda. El dinero nos permite
hacer cosas que no se pueden comprar con él. Es uno de
los medios que el hombre tiene para entrar en contacto con
la abundancia del universo, y al mismo tiempo, nos enseña
a tratar con ella. Es el vehículo que nos transporta hacia la
abundancia. El dinero simboliza el fruto del esfuerzo
humano. El dinero es energía que puede ser utilizada por
las personas para desarrollarse como seres humanos
integrales, compartiendo con quienes los rodean, y, por
sobre todo, para dar libertad. Libertad económica significa
no hacer nada que no se quiera, por dinero, y tampoco
dejar de hacer algo que se quiera, por falta de él. Por
ejemplo, si uno no puede alejarse de su lugar de trabajo,
aunque sea para tomarse un descanso, entonces no se es
libre.

Si las obligaciones son tales que ocupan la mayor
parte de su actividad emocional, entonces no se es
realmente libre. Si se tiene dificultades en sostener su
posición o su estilo de vida, entonces ha caído en su propia
trampa y ha perdido su libertad. El dinero es un medio a
nuestra disposición para mejorar la calidad de nuestra vida,
asegurar al individuo mayor protección frente a la
inseguridad básica, y otorgarle a su vez mayor libertad.
El tener libertad e independencia para ganarse el
sustento diario es el lujo más grande al cual se puede
aspirar. El verdadero millonario es aquel cuyo capital o
renta no depende de nadie, y es suficiente para cubrir sus
necesidades y aspiraciones.

Desde el punto de vista práctico, en el plano físico de
nuestra realidad, es imposible arreglárselas sin dinero.

En el mundo en que nos desenvolvemos, el dinero es el símbolo
de la supervivencia. Pero también es el símbolo clave del
ego. El dinero puede ser mal usado, como instrumento de
poder, o para ufanarse del triunfo frente a los demás.
Muchos evalúan su valer de acuerdo a sus posesiones, o al
standard de vida que tienen.

Con frecuencia encontraremos que el tema predilecto
de las películas del cine es acerca de un malvado personaje
que busca apoderarse de dinero para tener mucho poder y
subyugar a los demás, o robos ingeniosos de dinero... pero
en ficción o realidad... ¿para qué el hombre se da tanto
afán por conseguir dinero si, al final de cuentas, el
conseguirlo no es garantía en absoluto de lograr el objetivo
principal en la vida?

La vocación del ser humano es lograr la felicidad, como
dijo el filósofo francés Lacordaire; pero lamentablemente,
en nuestra sociedad occidental frecuentemente se confunde
la felicidad con el tener cosas materiales.

Producto de lo anterior, existe una gran cantidad de
personas infelices, ya que no todos poseen el dinero
suficiente para satisfacer los impulsos de tener cosas.
La publicidad nos incita a una búsqueda insaciable de
nuevos bienes, de nuevas experiencias, de nuevos símbolos
de status y éxito. Nos bombardea con avisos intentando
convencernos de que no tener lo último, lo más avanzado,
es equivalente a ser desgraciado. Que la felicidad está en
las cosas nuevas que se adquieren, y que para mantenerla
hay que estar al día, deshaciéndose de lo viejo y
comprando lo nuevo. Todo se basa en modas fugaces, y
solamente lo último y más sofisticado permite mantener el
status. Se nos induce a pensar que tener éxito en la vida
consiste en poder seguir esa marcha frenética, siempre
cambiante que nos acosa en forma permanente.

La obtención de éxito, fama, dinero o poder, tienen en
común la propiedad de no garantizar una genuina
satisfacción. El placer que otorgan tiene corta duración. La
felicidad que producen las cosas materiales dura el tiempo
que toma acostumbrarse a ellas. Una vez que eso ocurre, la
nueva situación material, como la nueva casa, el nuevo
automóvil, las nuevas cosas en general, se hacen
rápidamente habituales y, al perder su novedad, dan la
sensación de haber estado allí desde siempre, de ser parte
normal de la vida. Pero en realidad, cada cosa que
poseemos nos posee a su vez. Cada objeto que
incorporamos a nuestra propiedad, agrega una
preocupación adicional por su posible destrucción, y exige
dedicarles energía y atención. Como la energía de que
disponemos no es ilimitada para cuidar y apreciar los
bienes, entonces fácilmente se puede llegar al derroche y el
despilfarro inútil.

Para gozar la vida a costa de estas cosas habría que
dedicar la existencia a tener más y más. Habría que correr
y correr, como si la vida fuera un desafío por vencer. Si
hubiera una montaña, habría que escalarla y llegar a su
cumbre, para vencerla. Como reza una frase que me
regalara mi esposa, hace algunos años: “La felicidad se
encuentra a lo largo del camino, no sólo al final.”

La filosofía oriental nos aconsejaría no preocuparnos
de llegar a la cumbre de la montaña, sino gozar de su
camino mirando a su alrededor, para disfrutarlo sin metas.
Cada momento es todo lo que hay, y se debe aprovechar
espontáneamente, tal como se nos presenta, nada más.
Transformarlo en una competencia, es perderlo.
Existen personas que no gozan de gran bienestar
externo y, no obstante, logran una vida plena. Pero también
hay casos de personas a quienes la falta de comodidades
las vuelve resentidas y les produce gran amargura, en tanto
que a otros las comodidades a que se han acostumbrado,
les producen tedio. Lo que parece estar claro es que la
felicidad depende de algo interior al hombre, de su visión
amable de la realidad y de la aceptación de sí mismo y de
sus circunstancias. Mientras más sentido se le encuentre a
la vida que lleva cada uno, a su familia y a su trabajo, esa
vida tiene más calidad y nos lleva más cerca de la felicidad.

El poseer cosas materiales no pasa de ser un
espejismo. Basta ver las caras tensas de tantos que viven
para poseer cosas, sus agobios, sus enredos, sus urgencias, su desconfianza, sus reproches, su mal humor a flor de piel.

Eso, definitivamente, no es la felicidad. El problema es que
no existe cantidad de dinero que lo haga sentir a gusto, si
no se está a gusto con uno mismo. Es cierto que en la vida
no se da con frecuencia eso de que el hombre feliz era el
que no tenía camisa, pero lo importante es poner el dinero
en nuestras vidas, en su verdadero contexto. El objetivo
principal es lograr la paz y la felicidad. El afán por
conseguir acumular dinero sólo tendrá sentido si contribuye
a lograr estos objetivos. De otro modo, se puede convertir
en nuestro peor verdugo. Existe el gran peligro de quedar
atrapado en el dinero y desconectarse de la realidad,
volviéndose insensible frente a las necesidades de los
demás.

Es muy posible que la felicidad sea una sensación unida
a cosas muy simples como una vida libre de obligaciones
que nos disgusten, un trabajo espiritualmente enriquecedor,
una familia unida, un fácil acceso a la satisfacción de las
necesidades básicas, la capacidad de disfrutar un paisaje,
estar libre de envidia, de codicia, de ambición por tener
más de lo necesario, y, por sobre todo, no percibir la vida
como una lucha.

La prosperidad es mucho más que ganar dinero. La
prosperidad no es tan sólo la riqueza económica, ya que la
acumulación de dinero por sí sola no resuelve el problema
de fondo. Hay que gozar de buena salud para disfrutarla y
para lograr que continúe produciendo más riqueza. Es la
prosperidad la que trae consigo el dinero. Es común
encontrar a personas adineradas que actúan como si fueran
pobres, y a personas pobres que se comportan como si
fuesen ricas. Si alguien es adinerado pero no próspero
cuando se le acabe el dinero, nunca más volverá a tenerlo.
La prosperidad es un estado interior.

El acumular dinero también puede ser una experiencia
de crecimiento interior, ya que puede permitir entender las
sutilezas de la vida y conocer aspectos escondidos de uno
mismo. La meta es lograr un desarrollo armónicamente
centrado en el “ser”, y no solamente en el “tener”. El tener
debe estar al servicio del ser.

Pero, a pesar de todo lo dicho, recordemos que las dos
principales cuestiones respecto a nuestras finanzas son:
a) cómo acumular dinero, por esa misma razón era muy necesario tener claridad sobre los riesgos que encierra el dinero, y b) cómo obtener de éste beneficios reales, para desarrollarnos como individuos integrales. El deseo de ser rico, entendiéndose como el deseo de tener una vida más abundante y plena, es perfectamente normal, y no tiene nada de condenable. Es fundamental que sepamos qué es lo que deseamos en la vida, para poder fijar las metas.

Los seres humanos desarrollamos nuestra vida en tres
planos: El plano físico, el plano intelectual, y el plano
emocional. De los tres planos anteriores se genera un
cuarto, el plano espiritual. Ninguno de éstos es mejor o
más noble que el otro, son todos importantes y deseables.
Ninguno de éstos puede desarrollarse plenamente, si los
otros no están en plena expresión de vida. Todos sabemos
acerca de las serias consecuencias de vivir solamente para
el cuerpo físico, olvidándose del desarrollo intelectual y del
alma. Tampoco es más noble vivir solamente para el alma y
negar la mente o el cuerpo, como tampoco es
recomendable vivir solamente para el intelecto, dejando de
lado el desarrollo del alma y el cuerpo.

Es necesario llegar al balance perfecto de estos tres
aspectos de la vida para lograr una buena armonía. La vida
verdadera es la expresión máxima de nuestra entrega, a
través de nuestro cuerpo, mente y alma.
No se puede ser realmente feliz o estar satisfecho, a
menos que nuestro cuerpo esté viviendo en pleno todas sus
funciones, así como también nuestro intelecto y nuestra
alma.

En el plano físico, el uso de las cosas materiales puede
contribuir a lograr la plenitud de nuestros cuerpos,
desarrollo de nuestra mente y despliegue de nuestra alma.
De ahí la importancia de disponer de dinero para
proveerlas.

Vivir plenamente en el cuerpo significa disponer de
buena comida, ropa confortable y cálido abrigo, así como
de necesario descanso y recreación. Poder beber, comer y
estar alegre, cuando es oportuno, no significa vivir
solamente para la gratificación de los deseos, sino permitir
el desarrollo pleno de todas las funciones e impulsos del
cuerpo, como parte de la expresión normal de la vida,
siempre que se enmarque dentro de la ética de no dañar a
los demás.

En el plano intelectual, vivir plenamente significa tener
acceso a la cultura, disponer de buenos libros y de tiempo
para estudiarlos, oportunidades para viajar a tierras lejanas,
observar otras culturas, conocer a otras personas y, lo más
importante, tener una compañía intelectual. El mundo
intelectual también se desarrolla en la pareja, en los
proyectos de vida para sí mismos y su descendencia. Para
vivir plenamente lo intelectual se debe disponer, además,
de recreaciones, y rodearse con todos los objetos de arte y
belleza que uno sea auténticamente capaz de apreciar.
Para vivir plenamente el plano espiritual, es necesario
tener mucho amor. Es necesario aprender a sentir el mundo
exterior y a sentirse uno mismo. La mayor felicidad reside
en entregarnos y en el dar a los que amamos. El amor
encuentra su expresión espontánea y natural en el acto de
dar. Si la persona no tiene nada que ofrecer, ni material ni
espiritualmente, es difícil que pueda cumplir su papel de
marido o padre, esposa o madre, o como ciudadano,
hombre o mujer.

Compartir con los que nos rodean y ser capaz de
contribuir, en lugar de depredar en nuestro transitar por
este mundo, es lo que da sentido a la vida, mientras
continuamos como especie cumpliendo el plan trazado que
aún no terminamos de develar. Descubrir cuál es la
finalidad en la vida, significa llegar a conocer la razón de
nuestra existencia en este planeta. Si todos los seres
humanos procurasen saber cuál es su misión, ciertamente la
humanidad se encontraría hoy en mejores condiciones.

(Fuente: 'EL SORPRENDENTE MUNDO DE LA BOLSA', José Meli)